miércoles, 4 de octubre de 2017

Nuestro audaz paladín...

Nuestro audaz paladín tomó su alma y se dispuso a luchar contra el poder.

Los poderes del día declinan lentamente en busca de oscuridades insondables. Graznan densos silencios los cuervos posados sobre las ramas del vacío. El aire se ha detenido. Los pulsos se paralizan. El mundo como voluntad se desvanece y como representación, ni te digo. Las fórmulas mueren. Las reglas se disuelven. Los compases se cierran. Nada brilla a través. Los claros del bosque son fosos negros donde duendes desprevenidos desaparecen subsumidos por titánicas gravedades subterráneas. Por los horizontes del misterio, cabalgan caballos lejanos en busca de mares desconocidos donde ahogar la sed. La anciana noche, envuelta en oscuros harapos, ajena a los avatares de la existencia, conduce por el sendero de la costumbre el carro de las estrellas, arrastrado con flema aletargada por afligidos bueyes que a duras penas soportan el peso inexorable del universo. Los sonidos son silencio; y las sombras, estatuas ininteligibles que escoltan las veredas del sueño en la mente dormida del arte. Todo parece dejar de existir, abandonar las apariencias, sumergirse en el no ser… cuando, sin venir a cuento, un disparo telefónico perfora la carne entumecida de la ciudad en busca de un corazón inocente al que hacer sangrar…

   –¿Sabes la última?
   –No. ¿Y tú la hora que es?
   –La hora justo en la que acaban de llevárselo…
   –¿A quién?
   –¿A quién va a ser? Al imbécil de tu hermano, que pareces tonto.
   –¿Quiénes?
   –La policía. Quién va a ser.
   –¿A estas horas?
   –A éstas.
   –¿Ha vuelto a las andadas?
   –¿Tú que crees?
   –¿Otra vez detenido?…
   –¡No te digo lo bobo que eres! Me encandila tu proverbial perspicacia… lo tuyo, desde chico, ha sido siempre dar en el centro de la diana, aún con los con los ojos vendados.
   –Para lanzarme flores no hacía falta que me despertases… me las echo yo mismo todas las mañanas cuando me miro al espejo… y, mientras tanto, duermo…
   –No sé cómo te las apañas para ser siempre tan listo… tan clarividente, tan el no va más de la perspicacia… Su niño va para genio, señora, me auguraban las gitanas por la calle, cuando te llevaba en el carro de paseo… te echaban claveles y se santiguaban… Y yo sin darles crédito… He de reconocerte, a sabiendas de que corro grave riesgo de malinterpretación, que tales exhibiciones de sagacidad me inducen a pensar que de vez en cuando piensas, aunque parezca que no y toda la historia de tu vida se empeñe obstinadamente en indicar lo contrario con granítica inflexibilidad.
   –Con mi vida no te metas, que eso es cosa mía. Lo que con ella haga no te incumbe. Y no te enrolles tanto que nos dan las uvas. ¿De qué le acusan ahora?
   –De llenar de hoces y martillos, sin dejar un mísero hueco, la fachada del Ayuntamiento.
   –¿Otra performance?
   –Una obra de arte, no te digo que no, si quedase el más mínimo sentido del gusto en esta maldita tierra alejada de Dios. Pero como resulta que no, que la estética se ha convertido en un asunto irrelevante del que se puede prescindir sin llorar mucho por ella ni echarla de menos, la cosa se queda en delito penado por el código civil con multa más que considerable; a lo que hay que sumar el singular agravante de hallarse ésta recién remozada con vistas a las próximas elecciones consistoriales. Ya sabes lo que le gusta al chalado de tu hermano decorarle el teatro a esta gente para que nunca se sientan como en casa… ¡Ay, Señor mío!, ¿por qué me haces esto?,  ¿acaso tu proverbial dedo señala a mi humilde persona como tu próxima víctima propiciatoria?...
   –Vamos dejándonos de retorica y victimismo que mañana, por si no lo sabes, como todos los días, tengo que levantarme temprano.
   –¡Y yo, maldito sea el demonio, que pensaba en el colmo de la ingenuidad que ya estaba bastante crecidito como para seguir haciendo tonterías!… ¡es que no escarmiento!
   –A la vejez, viruelas, madre. ¿Qué te esperabas? ¿Que con el tiempo iba a hacerse un hombre formal? Es la época. Nada de qué extrañarse y menos en un país de eternos adolescentes subyugados por los destellos metálicos de la prótesis del Capitán Garfio.
   –Pero ¿por qué precisamente a mí tenía que tocarme el más chalado?
   –Seguramente, porque, si no te hubiera tocado, habrías dejado de ser tú.
   –Siguen pasmándome tus sabias sentencias…
   –¿Y de dónde las ha sacado?
   –¿De dónde ha sacado qué?
   –Las hoces…
   –¿De dónde las va a sacar? De su mente enferma, que pareces idiota. Las ha pintado con rojo sangre titanlux. Esmalte sintético. Con mala sombra. Hecho a propósito. De las que más cuesta limpiar. Ni con agua de ceniza y estropajo Ajax. Nada de otra mano de pintura y aquí no ha pasado nada. Hay que picar, remozar y volver a pintar si queremos dejarlo más o menos como estaba. Ya sabes que, aún siendo una completa nulidad, sería injusto no reconocerle que, cuando se pone, tu querido hermano ha demostrado con creces ser capaz de hacer las cosas a conciencia…
   –Eso, no lo dudo.
–… y, por si no fuera suficiente, ha rematado la faena con unas cuantas revoleras en forma de consignas atrabiliarias, a base de letras mayúsculas de un metro de altura, para que los astronautas, cuando orbiten sobre Murcia, se enteren de que alguien no está conforme con cómo van las cosas por aquí: Abajo las elecciones. Las urnas son el sepulcro de la voluntad. El ser cuanto antes al poder… ésta última con letras aún más grandes, en un derroche de opulencia, ocupando la fachada principal de esquina a esquina… entre otras sandeces por el estilo con las que ha recubierto el perímetro del recinto sin dejar un palmo… y por si en lo anterior no hubiese pista suficiente, para facilitarle la labor a los inspectores de turno –en eso el merluzo de tu hermano siempre ha sido la mar de atento–, despejando cualquier atisbo de duda respecto a la identificación del gamberro, dejó firmada la instalación con nombre y apellidos. Como si fuera un genio. ¡Dios mío, en qué mundo tan fuera de quicio vivimos que hasta los locos, poseídos por las más estrambótica razones, están dispuestos a todo, con tal de que el mundo admire arrodillado la inmarcesible supremacía de su ego!
   –¿Y digo yo si no podían haber esperado hasta mañana?
   –¿Quiénes? ¿La policía? Por lo visto, no.
   –¿Trajeron orden judicial?
   –Tienen el molde y la firma del juez. Se han cansado de perder el tiempo. Sólo tienen que rellenar los huecos con las particularidades y pormenores de la última barrabasada, y llevarlo al juzgado que corresponda.
   –¿Qué razón te dieron?
   –Alegaron, con esa sonrisa simiesca que se les pone cuando les da por ser untuosamente amables, peligro de fuga.
   –¿Peligro de fuga? Pero, ¿qué dicen?, si estamos hablando de alguien incapaz de llegar por sí solo a la vuelta de la esquina sin tropezar con el aire y caer de bruces sobre el pavimento. ¿Es que después de tanto tiempo de tener que vérselas con él, aún albergan dudas en cuanto a su nula capacidad para cualquier proyecto razonable, incluyendo el de evadirse? Eso quisiéramos nosotros, no te jode, qué huyera y no volviera…
   –Eso a ellos les importa una soberana higa, por no decir una eme pinchada en un palo. Parece mentira que no lo sepas. Su representación del mundo es hermética. Su lógica no tiene fisuras Cuanto antes le detengan, así son de diligentes, menos tardan en cogerle y más molestias se ahorran… y antes, en justa correspondencia, tiene una que presentarse en ventanilla y desembolsar lo que le quieran pedir porque lo suelten hasta la próxima.
   –¿Cuánto este viaje?
   –Una cifra de momento inasumible. Aunque para mí, desde hace mucho tiempo, todas empiezan a parecerme exorbitantes. Por lo pronto, tengo que hacerme cargo de los costes de limpieza y reparación del Palacio Consistorial: cinco mil euros de nada si no quiero que la cosa vaya a más, dando lugar a que el equipo legal del ayuntamiento lo interprete como reticencia a la hora de colaborar con las autoridades, mande rebuscar a su equipo de abogados, entre los entresijos de la cuestión, impecables señales delictivas e interponga una querella penal que no se la salte un torero con miedo en el alma. Más, échale, otros dos o tres de fianza como mínimo si queremos que no lo metan en la cárcel mañana a primera hora. Más la minuta del abogado, el amigo Miralles, siempre al quite, que se está haciendo de oro a costa del subnormal de tu hermano… échale por lo bajo mil euros más…. En resumidas cuentas, para no marearte con cifras, un pastón fuera por completo de mis posibilidades…
   –Y ¿qué piensas hac…?
   –Escucha bien lo que te digo, Héctor: estoy al borde del colapso… de seguir las cosas por el camino que llevan, y no te hablo por hablar, es de esperar que no me llegue a fin de año el previsor fondo de reservas que me legó tu padre con el fin de salirle al paso a las eventualidades derivadas de los percances en los que, conociéndole, habría de incurrir sin más narices la criatura. Tú no echarás cuentas, te dará exactamente lo mismo, eso no va contigo, bastante tienes con mirar hacia otro lado, pero el pelma de tu hermano me cuesta más que un hijo tonto.
   –Muy listo nunca ha sido…
   –Tú sigue como si no te interesara lo que digo, pero la bolsa está tiritando y no tengo otra de la que sacar dinero. Llega un momento, ante el inclemente poder del infortunio, cuando al destino le da por fastidiarte un día sí y otro también, en el que dan ganas de gritar no puedo más hasta que se rompan todos los cristales de Murcia.
   –Ahora no, déjalo para cuando dejes de hablar conmigo, que cómo se despierte mi mujer me tira el orinal a la cabeza.
   –Yo, deberías hacerte cargo de ello, sólo soy una desvalida mujer, cuya vida transcurre de sobresalto en sobresalto, inerme frente a la situación, incapaz de hacer nada por evitar la catástrofe.
   –Alguna medida deberíamos tomar…
   –No sé cuál. Haría falta un ejército de los de antes para mantenerle a raya. O campos de trabajos forzados específicos para casos así. No sé que hacen con nuestros impuestos…
   –Se esmeran con alegre alevosía y total impunidad en darles un destino más satisfactorio del que nos podamos imaginar.
   –Tómatelo a guasa, pero me gustaría que tuvieses presente que como de aquí en adelante sigas desentendiéndote, sin mostrar el menor interés por hacerte cargo, la próxima vez, muy a pesar mío, tendré que dejar que lo metan en chirona con lo que solicite el fiscal por falta de posibles. El único recurso que les queda a los indigentes. Lo siento por Miralles.
   –Mamá, eso no lo puedes hacer, sabes perfectamente que no resistiría cinco minutos en la cárcel; en cinco minutos le da tiempo a suicidarse varias veces… al fin y al cabo, se trata de tu hijo… sería una especie de crimen legal… para eso, mátalo tú directamente y ahórrate la historia…
   –La que no va aguantar ni cinco minutos, como el Altísimo no interceda y baje a socorrerme, voy a ser yo con la cabeza en su sitio y fuerza en los hombros para sostenerla. Tengo la última gota malaya suspendida sobre mí en el aire, a punto de perforarme el cráneo…
   –¿Qué dice Miralles?
   –Que por él encantado, que cada vez que se le necesite, que él está para eso y para más, que no dude en requerir sus humildes servicios la de ocasiones que hagan falta, que la aplicación estricta de la ley en su caso es causa de la mayor injusticia, que debería estar exento de cumplir con los requisitos y conductas que imponen los tribunales de justicia por ser su única ley una idea que nadie puede entender ni por lo tanto castigar, pero que al no estarlo y poder ser él de utilidad, que para eso estaba, faltaría más, que cómo va a ser molestia, que qué va, que qué cosas se me ocurren, que él, si quiero que me lo diga con total sinceridad, ya no lo ve en sentido estricto como un cliente, que esto es algo que se sale de los límites del oficio, el feliz hallazgo con el que siempre sueña, para evadirse de la mediocridad reinante, un artista de las leyes; que, por otra parte, es tanto el roce con él tenido que le ha terminado por coger cariño al nene, que, en el fondo, siente por su figura la mayor admiración, que, cuando se haga mayor, se retire de este mundo plagado de inmundos reptiles y se dedique a escribir sus memorias, se inspirará en su persona y en sus fabulosas aventuras, a la hora de redactar los episodios decisivos… que lo mismo lo piensa mejor y ni escribe las memorias, dedicándose en exclusiva a novelar la historia del mamarracho de tu hermano…
   –No sé lo que valdrá como abogado, me imagino que uno de tantos, pero hay que reconocerle que se vende de puta madre…
   –No lo sabes tú bien. A veces, entre factura y factura, se atreve incluso a darme paternales consejos… cosas en las que pensar… que si alguna vez, atendiendo al mal cariz que está cogiendo el asunto y a la escasez creciente de peculio, y teniendo presente que todas las escuelas de filosofía de la ciencia recomiendan encarecidamente un cambio de método si el utilizado hasta ahora falla, hemos pensado en la posibilidad de darle un regio correctivo que le haga caer en sí, un escarmiento que le doblegue la locura, que le aniquile las ganas de oponer resistencia… en palabras textuales, una hostia bien dada para que espabile… a ver si así le volvieran las pocas neuronas que le quedan a su sitio, se pusieran medio a funcionar y pudiéramos los afectados por su causa sosegarnos un poco y dedicarnos a otros menesteres… A  lo que yo, ni corta ni perezosa, con ese aire de indignación que, cuando me pongo, tan bien me sale, repliqué: ¿No se ha detenido a pensar, querido amigo, que es tarde para reprimendas… para infligirle actos de violencia educativa con la vana esperanza de que se enderece?... Argumento que él, a pesar de su contundencia, ¡cómo son los hombres!, por no dar su brazo a torcer, contradijo, reiterándose en la tesis principal: Si me permite que me exprese con la debida vulgaridad, señora, nunca es tarde si la hostia es lo suficientemente persuasiva… Que un buen rapapolvos culminado por un guantazo a tiempo opera milagros… Que no hay mejor receta para dar de cenar a un demente que una buena ensalada surtida de hostias… Que si se renuncia de entrada, por cansancio anticipado, a dar la batalla, es de temer que la cosa, por su propia tendencia, vaya a más, hasta alcanzar proporciones carentes de remedio… Tal insistencia, como te puedes imaginar, me obligó, antes de que el camino derivase hacia lugares imprevistos, a dar por zanjada tan absurdo intercambio de pareceres, cortando por lo sano: Descarte la idea, Miralles, no lo hice a su debido tiempo y, con el correr de los años, se me antoja una medida ridícula… una pérdida absoluta de tiempo… además, en el supuesto caso de que le hiciese caso, a ése ni matándolo a palos todas las noches, antes de acostarse, le arreglabas el cerebro…  
   –Tú para eso has sido siempre muy consecuente.
   –¿Lo dices con retintín?
   –Con qué habilidad captas mis indirectas… si no fuera porque lo sé, diría que eres mi madre…
   –Eres muy injusto. No debes decir eso. Aún me duele la mano del día que con seis años tuve que darle un tortazo por dejar todos los grifos de la casa abiertos con el fin de comprobar si la casa flotaba y llegaba navegando hasta el Segura…
   –Para mí que hiciste lo correcto… me refiero a lo de Miralles… nadie debe decirle a nadie como maleducar a un hijo… y mucho menos a ti…
   –Deja de hacerte el chistoso, no te me despistes y ¿dime que piensas?
   –¿Qué qué pienso de qué?
   –¡Estás tonto o qué te pasa! ¿De qué va a ser?, de todo esto, ¡caray!, qué pareces idiota.
   –Creo que el tarado de mi hermano es un alma que se persigue con obsesión a sí misma… llena de fuego por dentro… en perpetua ebullición… a punto siempre de estallar… de algún modo tiene que desfogarse el pobre zagal para no terminar hecho añicos por conflagración interna…
   –Ya se podía haber buscado uno más barato y que no diera tantos dolores de cabeza, caray… y, aparte de esa genial apreciación, ¿se te ocurre algo menos psicológico y de más sustancia que me oriente un pizca en la oscuridad del caos…?
   –Creo que hay que ir dando aviso a Iberdrola para que vaya vallando sus parques eólicos con alambradas si no quieren quedarse sin gigantes…
   –¿Quieres dejar de hacerte el gracioso?!
   –En el fondo me da lástima, pobre Alfonso, nadie lo entiende… no voy a caer en el error de su apologética defensa, pero es difícil llevar a hombros, en este inmundo lodazal, el honor de ser el último representante de una estirpe que por dignidad lleva cinco siglos extinguiéndose sin que nadie haga nada por evitarlo…
   –Eso, justifícalo… ¡no te joroba!… echa más leña al fuego… ¡qué fácil es darle la razón al que no la tiene y quitársela al que la posee, mientras preservamos como podemos nuestra infecta integridad y la fiesta no nos cueste los cuartos!… ¿por qué no te portas, por una vez en tu vida como el buen hijo que no eres, te lo llevas una temporada, y me dejas a mí descansando, que bastante tengo con la abuela?
   –¿Quieres que te sea franco?
   –Hijo mío, a estas alturas de la vida, me creo todo excepto la sinceridad…
   –No sé por qué, desde que descolgué el teléfono, ya me barruntaba yo en donde iba a acabar la conversación. Mamá, de sobra sabes que, a pesar de mis esfuerzos y de mi aparente nivel de vida, no se puede decir que flote en la abundancia… por si se te ha olvidado, tengo hipoteca, mujer con tendencia exuberante a gastos expansivos y un hijo al que mantener… y lo de traerlo a casa no me parece la mejor de las ideas… por mucho que tú te emperres en pensar lo contrario… ¿no querrás que mi hijo y tu nieto conviva durante una temporada con el peor ejemplo del mundo?… ¿ni que mi mujer y yo nos pasemos las noches en vela, oyendo tintinear los eslabones de las cadenas por los pasillos de nuestra casa?… además, por si no te lo he dicho antes, me tiene prescrito mi psiquiatra, si aspiro a mantener en orden mi disciplina mental, que no me junte con más locos de los estrictamente necesarios… y si no te parecen los dados argumentos suficientemente convincentes, te daré otro que seguro te termina por apear del burro… mi mujer me mataría si me atreviese a desviar un céntimo del cauce… nada te digo si me dejo esquilmar en nombre de una malentendida misericordia… ya sabes tú como se pone con eso… duerme con un cuchillo debajo de la almohada… lo demás le da más o menos lo mismo, pero en esas cosas no se anda con bromas… ¡Joder, mamá, cómo eres, gracias a tu obstinada insistencia me obligas a compartir contigo confidencias de alcoba!
   –¡Que bien viene tener cualquier excusa vergonzante siempre a mano cuando se carece de principios!
   –No, si al final la culpa la voy a tener yo… pare el carro, madre, párelo, que hasta ahí podíamos llegar… Todo el mundo sabe que si de culpa se puede hablar, tu adquiriste el taco de papeletas al completo por haberte casado sin investigaciones previas y lógica solicitud de referencias con un tío de la Mancha que desde el principio daba indicios sobrados de no estar lo que se dice muy en sus cabales… haciendo caso omiso de los peligrosos cromosomas que iluminaban como bombillas su árbol genealógico… y de las cruces con las que se persignaban los lugareños cuando íbamos como despistados turistas de vacaciones a su pueblo natal y se nos ocurría hacer preguntas acerca de su familia… nunca lo entenderé: ¿a quién se le ocurre regalarle tu serrano cuerpo gratis a un menda de Castilla la Ancha del que nunca supimos nada por más que intentásemos averiguar…?
   –¡No te digo! Achácale la culpa al bendito de tu padre ahora que no se puede defender… ya bastante hizo con hacer lo que pudo, teniendo todas las circunstancias en contra, para sacar este manicomio adelante. Hazme el favor de dejar en paz la memoria de tu padre. Por favor te lo pido. Si no por amor, al menos por respeto. Pobre hombre. El único defecto que cupo reprocharle es que no ganara una fortuna decente que me blindara frente a las innumerables adversidades que sin duda acecharían mi futuro como buitres en ayunas. Así que haz el favor de respetar su santa memoria. Si él estuviese aún entre nosotros, otro sol iluminaría el gallo que nos cantase.
   –No me reproches nada: yo, a mi padre, siempre le tuve el reverencial respeto primitivo que se le tiene a los lunáticos de la tribu.
   –¿Qué sabrás tú, ignorante! ¿Te he contado alguna vez como conocí a tu padre?
   –Con pelos y señales. Miles de veces. No te puedo garantizar que me lo sepa de memoria, pero seguro que me acuerdo hasta del último detalle…
   –Pues ahora te lo voy a contar otra más, a ver si al fin te entrara en la cabeza el misterio y terminaras de entenderlo.
   –No, mamá, por favor… mañana a las siete tengo que…
   –Tenía 19 años y era mi primer viaje sola. De Madrid a Murcia. A pasar las vacaciones con la tía Milagros en la Bahía de Mazarrón. Estación de Atocha. Primera hora de la tarde. Nada más entrar en el compartimento, descorrí la ventanilla de mi coche y justo enfrente se hallaba otro tren en dirección a San Sebastián. En cuyo vagón más cercano al que yo en mi tren ocupaba hallábase sentado un apuesto caballero, que nada más verme, bajó de su tren y se subió al mío, con un ramo de gardenias, a saber de dónde las sacaría el muy bribón si es que no las tenía compradas ya para otra novia, y que, de buenas a primeras, nada más entrar a mi departamento, me suelta de sopetón: Usted y yo, de hoy en adelante, viajaremos siempre en la misma dirección…
   –Te lo suplico… compadécete de mí… no sigas, que voy a terminar llorando…

   Como los raíles del tren
   Son tu amor y el mío:
   Uno al ladito del otro
   Y entre ambos el vacío…

   –¿Qué podía hacer? Hay cosas a las que ninguna mujer en el mundo puede resistirse por más que en la cabeza se le enciendan todas las alertas. Cuando llegamos a Murcia, estábamos prometidos y no estoy del todo segura, pero creo que encinta de ti. Aunque mejor decir embarazada por los impedimentos, dificultades y obstáculos que has supuesto para mí. Jolín, Héctor, no hay quien pueda contigo, sigues sin entender nada, después de tantos intentos pacientes por mi parte para tratar de aclarártelo. Siempre fuiste muy obtuso para estas cosas, no es cosa de una, el destino es implacable. No hay potencia que lo contravenga. Ni los mismos dioses pueden ante él oponer la menor resistencia.
   –En efecto, mamá, el destino es la hostia. Su voz es la muerte; su imagen, la tumba de un visón en el apergaminado cuello de una opulenta señora; y su corona funeraria, un doble collar de perlas falsas. ¿Ves cómo yo también nací para la retórica?
   –Entonces, si lo sabes, no me salgas con la socorrida historia de la culpa. Es de las más baratas que se pueden aducir para escurrir el bulto. En todo caso culpa al de Arriba. Un error si quieres, no te quito del todo la razón, pero un error maravilloso que logró distraerme, durante más tiempo del que a cualquier mujer le haya sido dado desear, de la desgracia de pertenecer a este mundo. Así que no me vengas con infundios. Ya está bien de colgar mochuelos. No es un problema de culpa, nunca lo es, se trata de dinero y de salud mental… nada original… las dos cuestiones de siempre… dinero y salud… o salud y dinero… simplemente eso… y de ambas cosas, no sé ya cómo decírtelo para que lo entiendas, a mí no me quedan…
   –¿No crees que exageras un poco?
   –¿Exagerar? ¡Cómo se nota que no lo tienes que aguantar todos los días! No hay metro con el que medir ni balanza en la que pesar la locura de tu hermano. Acaba con todos los parámetros. Funde las encuestas. Carece de precedentes. Rompieron el molde. Eso me dijeron en la clínica: Señora, en nuestra vida nos hemos enfrentado a nada igual… y eso que, como se puede figurar, llevamos tantos años en esto que nos ha dado tiempo a ver de casi todo… no sabemos qué hacer… la psiquiatría moderna carece de fórmulas aplicables a su caso… nos tiene completamente aturdidos… sumidos en la ignorancia… si no fuese porque lo hemos visto con nuestros propios ojos y tenido ocasión de hablar varias veces con él, juraríamos que su hijo no existe… es mi deber decirle que no hay diagnóstico que lo describa ni medicina que pueda curar lo que está más allá de nuestro estrecho concepto de enfermedad…
   –Otros que tal bailan… los psiquiatras crónicos... nos iba mejor con los curas y los confesionarios… al menos, salían gratis… y vas tú, y les haces caso… eso es lo último que me esperaba de ti, acudir por desesperación a la magia negra de los brujos del coco para que te saquen los cuartos…
   –Ya sé que son traficantes de almas y todo eso… que hablan como sacamuelas, como mercaderes obsesionados en colocarte como nueva una alfombra deshilachada y repleta de agujeros… pero esta vez, no sé por qué, me dio la impresión de que decían la verdad… les vi humildes y resignados… actitud impropia de gentes de su condición… ni siquiera me cobraron… y eso es una señal en la que merece la pena fijarse por encima de cualquier otra, para no soltar la lengua antes de saber… Tu hermano es caso aparte… un problema sin solución… ya desde muy pequeño dio señales de que el asunto no iba por buen camino… y yo, dios sabe que lo he intentado con todas mis fuerzas, no he sabido ni podido enderezarlo… es difícil educar a alguien que no sólo ha perdido la fe en ti, sino que además, para colmo, te trata sin el debido respeto… porque ésa es otra, nunca me tuvo la menor consideración… si por lo menos fuera simpático conmigo, me guiñara el ojo por las esquinas y me pellizcara las mejillas de cuando en cuando… pero no, se revuelve como gato panza arriba cada vez que trato de inculcarle en la sesera la menor sugerencia provista de sensatez… como si le debiese algo… como si fuese su peor enemiga… por cómo se porta, cualquiera diría que le he hecho la vida imposible, que le he explotado en mi beneficio, que le he utilizado, abusando de sus frágiles entendederas, para inconfesables fines lucrativos… Tu hermano no tiene remedio… nunca lo tuvo… todavía me acuerdo del día que puso un cartel a la puerta de casa en el que había escrito con pintura verde fosforescente, para que se viese también de noche: “Se vende madre…
   –… por módico precio”. Aquello fue memorable. Digno de que todas las escuelas psicoanalíticas se dedicaran por fin a tirar a la basura por absurda ficción literaria el complejo de Edipo.
   –¡Habrase visto mayor insolencia! No hay ejemplo en todo el planeta con el que comparar su absoluto desprecio por mi persona.
   –No es desprecio, eso sería tenerte en cuenta, es sólo que el pobre chaval no considera tu existencia.
   –Peor me lo pones.
   –No sé de qué te extrañas. ¿Qué trato esperas que te dispense? Está harto de que no le dejes ser como es desde que vino al mundo.
   –¡Qué sencillo y económico resulta defenderlo desde una burladero situado en otra plaza y a unos cuantos kilómetros de distancia! Así no sufrimos, y lo que nos ahorramos felizmente nos lo gastamos en fiestas, en vez de contribuir a la causa. Y lo del toro, que te lo cuenten por la radio. Que por las ondas no salpica la sangre. Repantingado en el sofá con zapatillas de felpa y kimono de seda mientras una tiene que estar, llueva o deje de llover, bregando con la desgracia todos los días.
   –¿Por qué será que, cada vez que hablo contigo, tengo la gelatinosa impresión de estar charlando con una factura embadurnada de lágrimas?
   –¡Tú sabrás las cuentas que te traes y te llevas… en las que al parecer ningún capítulo recoge responsabilidades con los tuyos!
   –No entiendo a qué viene esa puñalada trapera. Verdes las han segado, madre. Sabes que no puedo hacer otra cosa, me tengo que quedar al margen si quiero seguir de pie en este mundo de oportunistas. Deberías saber ya, por la de veces que te lo he contado, que en mi profesión no está bien visto que deje uno empañar su historial con asuntos familiares que se salgan de lo corriente… están de más las extravagancias… sólo se permiten los pecados habituales… los consentidos por el mercado… uno tiene una reputación que defender mediante todo el disimulo a su alcance… Trabajo en una multinacional de relativo prestigio, cuya sucursal en España cumple y asombra con la mayor tasa anual de beneficios de cuantas haya repartidas por el mundo, y son unas cuantas, gracias a nuestros trajines, todo hay que decirlo, y nuestros mutuos favores cleptocráticos con el gobierno de turno, aprovechándonos, eso sí, de que ninguno hay tan degenerado como el nuestro. Servimos al Estado con pulcritud digna de encomio. Nuestro periódico es el BOE. La única ideología permisible es nuestra concepción del mundo es una cuenta de resultados aceptable. Cuando ingresé en ella, tuve que firmar un contrato de confidencialidad que tenía subrayado en rojo la palabra discreción en cada uno de sus párrafos. Se nos advirtió de la suma importancia que reviste para cualquier negocio no dar que hablar. Para dar la nota y montar un circo ya están los políticos. Hazte cargo, debo atender por encima de cualquier otra consideración las obligaciones de mi rango. Si en vez de ser quien soy y dedicarme a lo que me dedico, fuese artista, no te digo que no, me vendría de perlas el asunto. Con mi hermanito en casa, tendría la promoción hecha. No haría falta gastarse un duro en propaganda. Mi nombre estaría en boca de la gente; y los peldaños que conducen a la cima del éxito, expeditos. Pero no lo soy. ¡Ya quisiera yo, vivir del cuento, tumbado todo el día a la bartola, pensando en las musarañas!
   –No te subestimes, porque, a la hora de escurrir el bulto nada tienes que envidiarle a ningún artista.
   –¡Cómo te gusta coger el rábano por las hojas y restregárselas en los morros al oponente!
   –Me lo has puesto a huevo.
   –Por si lo quieres entender, te lo resumiré en una sola frase: me mantengo de un trabajo donde los que mandan se toman muy en serio el que a sus empleados le sucedan cosas que se salgan de lo normal.
   –¿Lo normal? ¡Qué risa me das! ¿Qué entenderás tú por normal?
   –Todo aquello que no sienta la necesidad de vulnerar las costumbres establecidas, por más podridas que estén y ganas te entren de ello.
   –Lo normal es la costumbre que expulsa de nuestra vida todo aquello que merece la pena.
   –¡Qué cosas dices! ¡Y luego te extrañas del hijo que tienes! Anda, mamá, no te me pongas filosófica que por ahí no vamos a ningún sitio y aún nos va a costar más de lo que pensábamos salir de éste.
   –¿Cómo quieres que me ponga si no tengo ya espacio donde situarme ni cuerpo que colocar? Si yo ya no soy yo. ¿Qué se puede hacer con un hijo que decide encerrarse con todos los libros de marxismo, escritos y por escribir, en su cuarto durante cinco largos años, sin salir a la calle ni para respirar, y, cuando ya piensas que eso es lo peor que como madre te puede suceder en esta vida: tener un hijo completamente inútil; y que, estando tan mal la cosa, de aquí en adelante todo tiene que ir por narices mejor, decide salir al mundo para poner en práctica los maravillosos conocimientos adquiridos en sus paranoicas lecturas con las nefastas consecuencias que eran de prever. Y, encima, marxista, no te fastidia, ¿se puede ser más estrafalario?, a estas alturas de siglo, con la de muertos que han llovido y los que quedan por llover…
   –No hay que dramatizarlo tanto. Todo tiene si se analiza con serena objetividad su aspecto positivo. Míralo por el lado bueno. Imagínate que le hubiera dado por Don Juan y te hubiese llenado de nietos sin bautizar la zona. Con todas las madres reclamando exámenes de ADN y exigiendo abusivas pensiones. Y no te digo nada si su monomanía hubiese reparado con carácter obsesivo en las andanzas del Marqués de Sade y te encontrases cada mañana, al ir a prepararte el desayuno, dos o tres cadáveres descuartizados en la sala de estar y abundante semen y otros fluidos de naturaleza inclasificable artísticamente diseminados por alfombras y sofás…
   –¡Qué burro eres!… Cuando te pones así, me dan ganas de colgar el teléfono y dejar de escucharte…
   –¿Por qué no lo haces?
   –Porque esto aún no ha acabado… ya que estamos removiendo el fondo del pantano, te diré que nunca tuviste, desde bien pequeño, con tu atribulada madre, la menor delicadeza…
   –Bastante hicimos con firmar un pacto de no agresión que tú jamás estuviste dispuesta a respetar…
   –¿Esa es la visión que tienes de mí?
   –Una de las más amables… si quieres, te cuento otras…
   –No hace falta: ¿dime qué hago con tu hermano?
   –No te lo tomes a la tremenda, mamá, tarde o temprano se le pasará… deja que macere el caldo de sus neuronas… en adobándosele el juicio, terminará por curarse de su diarrea mental… aunque sólo sea por cansancio…
   –No me vengas con cuentos. Si no me quieres ayudar, no me ayudes, pero, por favor, no tengas el descaro de burlarte así de tu madre ni de infundirle falsas esperanzas. Sabes como yo que tu hermano es más tonto que una mata de habas. Su deteriorada mente no da tanto de sí como para darse cuenta de que no.
   –Algún día se le enmendará el juicio y tendrás que darme la razón.
   –Que optimista eres con el futuro de los demás. No sabes cuanto agradezco tus tibios consuelos, hijo mío, pero me da a mí que este verano tampoco nevará en Murcia.
   –¿Y de la abuela que me cuentas?
   –Ahí sigue, en su estado habitual, fumando puros, bebiendo Vermuts y de animada charla con los espíritus.
   –¿Cohibas y Rubino, reserva speciali?
   –Por supuesto. Las tendencias vitales se mantienen y el nivel general de salud permanece estable.
   –No renuncia a nada.
   –Antes, morirse.






El cuchillo del aire corta la conversación. Se cuelgan los teléfonos. Regresa el silencio. Inhumano. Despiadado. Maquiavélico. Despótico a más no poder. Un silencio como la voz de una deidad muda despertando del sueño a un sordo en mitad de la noche.

Fernando Blanco Inglés. Primer capítulo de La cuestión Q.

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