viernes, 20 de octubre de 2017

La Cueva de Montesinos

Después de almorzar con la inflexible frugalidad que caracteriza a sus endebles colaciones, nuestra pareja de mini héroes, no sin antes enojosas y alambicadas deliberaciones previas, de las que por no aportar nada y ser ya pasado pluscuamperfecto siempre es mejor y sale a cuenta no dar testimonio, ha optado finalmente por darse un garbeo de los de naturaleza errante y carácter aleatorio, a lo que bienvenido sea que se encuentren, a ver si el azar les deparara una inesperada aventura gran reserva; y, si no, que les sirva al menos para desperezar el alma, ensanchar los pulmones y estirar los pies con el purísimo objetivo de que no se les anquilosen las articulaciones más de la cuenta ni se le oxiden en exceso el metal de los alambres. ¿Dónde se ha visto que caballeros andantes como Dios manda, renuncien por insano apetito de confort y espuria comodidad a recomponer, sabiendo como está ésta, los desperfectos de la realidad, prefiriendo, en lugar de tan encomiable actividad, pasarse la tarde en un despacho polvoriento, con los ojos llenos de legañas y la boca seca de saliva, divagando sobre la errónea marcha de un mundo dirigido por ignorantes tiranos y analfabetos fanáticos… inmóvilmente satisfechos de sí, hablando por los codos de lo que sería menester hacer para enderezarlo, sin arriesgarse a afrontar el más leve peligro.

Aunque a nadie en el fondo ninguna de ellas convenza del todo, siempre sobran razones para salir de casa. Y muchas más para no volver. Los hogares siempre han sido una psicológica preparación paulatina para el día de la tumba. Aislarte del mundo en un sitio donde, mediante la puesta en marcha de un mecanismo diabólico, participes de un proceso gradual que, sin que apenas te des cuenta, te haga más llevadero el inexorable camino de la decrepitud hacia la extinción.

   El caso es que han salido, basta ya de darle vueltas al tiovivo si no queremos marearnos, cosa fácil de entender con sólo ponerse por un momento en su triste lugar y no buscarle fundamento de peso a su fútil elección ni más argumento a lo que carece de lógica.
   Tras un diletante paseo por las calles marginales del casco urbano, sin tropezarse con hecho alguno que reclame su interés e induzca a la urgente intervención de sus nobles voluntades, nuestro singular par de zascandiles azotacalles y gastabaldosas ha decidido, a instancia del muy sacrificado y siempre quejumbroso escudero, quitarse el polvo de la garganta, refrescarse al menos el gaznate, antes de regresar derrotados, en la fonda que más cerca les venga, con el fin exclusivo de resolver cuanto antes, ya que no otra cosa, la abrasante cuestión de no pasar sed. En todos los trabajos se fuma y bebe, compadre; y en éste, el de la tontería andante, por razones, estamos seguros, que a ningún avisado lector se le escapan, mucho más que en cualquier otro. Para atravesar el desierto de la realidad, los esforzados camellos, si no quieren morir de sed en el intento, han de llenar de alcohol hasta el último hueco de las jorobas antes de partir…
   El bar que en ese preciso instante se halla próximo a la idea y le pilla más cerca es El Arlequín… se ve que uno nuevo… del que carecen de noticia y tranquilizantes referencias… pero a ellos qué más les da con tal que en él puedan abrevar con galanura y parquedad los caballos de su sed… Ubicado en un sótano al que se desciende por modernísimas escaleras de peldaños transparentes y barandillas de gélido metal. Cosa rara en Murcia, donde todos los bares se encuentran en la superficie del mapa y a algunos de ellos, según los días, incluso les da por levitar.
   Hay una zarza en llamas dibujada sobre el cristal esmerilado de la puerta, con tal grado de verosimilitud que diríase que el irascible Jehová, hasta los huevos de algo, está a punto de dictar un nuevo mandamiento que, al igual que los otros, resulte tan fácil acatar como imposible de cumplir…
   No saben donde se meten. No están en su sano juicio. Deberían informarse. Solicitar antecedentes. No pasarse de listos y reconocer que su competencia en lo que respecta a materia de locales, tras lúgubres años de retiro en sus respectivas madrigueras espirituales, deja, por no decir todo, mucho que desear. Nunca sabes lo que te puede pasar en un sitio conocido, pero de lo que puedes estar seguro, pariente, es que amplias son las probabilidades de que algo no habitual te suceda si entras en uno en el que nunca has estado. ¿Pero quién atiende a razones cuando las poderosas causas de la dipsomanía buscan de modo tan obsesivo su efecto que ni la conciencia más diligente y advertida puede detenerlas.
   El lugar está desierto. No sé qué esperaban a esta hora, donde la gente normal o está muerta o duerme la siesta. Un somero vistazo nos confirma que, excepto por la ausencia llamativa de ventanas, hallarse en el subsuelo, y dar un poco de grima claustrofóbica, parece un sitio de lo más normal… de lo más normal, puede que sí, salvo por el curioso detalle, ahora que me fijo, de que está intensamente iluminado sin focos que lo alumbren… en sí mismo resplandeciente, como si ardiera por dentro sin necesidad de electricidad, produciendo un efecto similar al de una iglesia transparente en la que el sacerdote de las tinieblas consagrara en perfecto latín al sol. Eso y que el camarero, no te lo pierdas de vista, es un negrata de dos metros que viste un curioso smoking, con lagarto de perlas esculpido al dorso, y que se entretiene del aburrimiento consustancial a la profesión practicando habilidosos y efectistas juegos circenses con las botellas…

   –Buenas noches, caballeros, sean bienvenidos a nuestro humilde local.
   –Llevamos toda la tarde dando vueltas con la garganta seca… usted si que es bienhallado, compadre…
   –¿Qué desean beber?
   –Para mí, un agua mineral con gas si hace el favor…
   –No me jodas tío, ¡cómo se te ocurre pedir eso en un local de copas! ¿quieres que se me termine de arruinar de golpe la poca reputación que me queda? ¿Dónde se ha visto dos tíos tan apuestos, decididos y simpáticos como nosotros bebiendo agua con gas? ¿Qué van a decir de nosotros los cantares de gesta si se enteran? ¿Que pensarán de ello las generaciones futuras? ¿Qué blasfemias escupirán sobre nuestra lápida los rapsodas? Si perpetramos tal delito, no habrá averno lo suficientemente eterno para expiar nuestras culpas...
   –Es lo único que me quita la sed.
   –¡Basta ya de bromas, coño! ¡¿Estás idiota o qué mierda te pasa?! Escucha, negrata, a éste que ves conmigo no le hagas ni puto caso. Sírvenos, por favor, dos generosas copas de orujo con abundante hielo y un par de asiáticos cartageneros bien templados; y, por tu bien y el mío, de rodillas te pido que no vuelvas a escuchar las voces que salgan de esta alma de cántaro, que no sabe ni lo que dice ni lo que habla, en lo que nos quede de noche…
   –Lo siento. Ni agua con gas ni café ni coñac ni leche condensada ni orujo. En este antro la bebida es única y la fabricamos artesanalmente nosotros. Cuestión de principios. Somos enemigos declarados de la tremebunda variedad de disfraces que ocultan la naturaleza exacta del Uno. Y aunque estemos en el ajo de que la unidad es en sí múltiple y la pluralidad única, para nosotros como si ninguna de ambas fuesen. El Arlequín está en contra de todas las marcas y formas de publicidad. Destilamos artesanalmente nuestras propias esencias, y, si me permiten la sugerencia, no deben cometer el imperdonable pecado de irse de aquí sin degustarla, es la bebida más excitante del mundo, la que más coloca, la que más te pone en donde se tiene que estar, la que más se te sube a las nubes de la cabeza… todos los que la prueban repiten...
   –¿Qué es?
   –Un remedio para todos los males.
   –Cómo se llama.
   –Algunos, presos de la nostalgia por aquellos tiempos en los que aún existía esa cosa llamada literatura española, lo conocen como Bálsamo de  Fierabrás, pero la gente común  prefiere llamarlo Licor de Gloria… o Lava Sagrada… o Aquí me las den todas… o Agnus Dei… o Bendito sea el nombre del Señor cuyas letras calman mi sed… ya saben, cómo les estaba contando lo idéntico suele decirse de innumerables formas… y en esta ciudad tan peculiar a cada uno le gusta expresarse a su modo y manera…
   –¿Qué lleva?
   –Secretos de la casa.
   –¿Y que efectos produce?
   –Erradica todos los males del espíritu en un plisplás…
   –Se está usted quedando con nosotros. No nacimos ayer. Una cosa es obnubilar y otra curar: no hay bálsamo capaz no ya de eliminar sino de mitigar un grado el agudo dolor de existir en este mundo.
   –Yo, qué quieren que les diga, desde hace mucho tiempo, si tiene que ser con palabras, ni me molesto en intentar convencer. Prueben si quieren y luego me lo cuentan, y si no, se van por donde han venido y tutti così felici
   –¿Y esas hierbas que flotan…?
   –Sirven para darle un punto más que especial a la i…
   –¿Y el lagarto que nada en la botella…?
   –Le añade carácter. Si me perdonan el atrevimiento, les aconsejo que lo mejor es dejarse de prejuicios en contra, beberlo de un trago y olvidarse de preguntas. Él es la única respuesta.
   –Entonces, no hay más qué hablar… pónganos dos hasta el borde…
   –¿Con hielo y una rodajita de lima fresca?
   –Ya puestos…
   –¿Qué tal?
   –Entra de cojones…
   –En mi vida he bebido nada igual.
   –¿Qué me dicen, está bueno?
   –¡Bueno no, nene, está de puta madre!

Licor de gloria, una especie de elixir paregórico ideal para refrigerar el gaznate del alma. Su acertada mezcla de opio, alcohol, estramonio y otros ingredientes de naturaleza ignota embriaga y encandila al paciente. No le faltaba razón al negro. Un extremado brebaje capaz de poner en menos de un segundo los corazones a cien y boca abajo las conciencias.
   Nuestros pequeños adalides sienten al alimón como les acaban de pasar rozándole la cintura las astas del toro de la muerte… como se les quema la sangre sin fuego que lo explique… como presionan a muerte sobre el cerebro los parietales de la interrogación, como pugnan por estallarles los globos oculares… como el orificio del culo se les inflama y convierte en un volcán a punto de entrar en ignición…
   … entre los postes de su cabeza se agitan enloquecidos cables de alta tensión, electrificándoles la pelambrera y achicharrando cualquier recuerdo de aquello que antiguamente denominaban concepto… Están a punto de explotar, de caerse a trozos por el agujero del mundo, de elegir entre desvanecerse en la nada o disolverse en el vacío… o cualquier otra cosa que valga para olvidar cuanto antes quiénes fueron antes de…
   A nadie le gusta el trance. Las cosas como son. Todos los partos resultan jodidos. Exigen antes de ver la luz un rato más que malo, en el que la angustia es poco y el vértigo una mariconada propia de diletantes, pero, no hay mal que cien años dure, después de cagarse en dios unas cuantas veces la tormenta llega a su fin y el mar de la absoluta serenidad les invade el espantoso hueco que ha dejado la conciencia… todo lo que estaba cerca hace un instante se aleja, se desdibuja, desaparece por la línea del horizonte, reclamado por nadie sabe la potestad… se han quedado solos… ni barra, ni camarero, ni local… el universo entero sin despedirse les ha dicho adiós… son dos náufragos que merced a inexplicables mareas están llegando al extranjero del mundo…
   Después de una más que placentera eternidad, abren los ojos; y, ante ellos, el recinto que hace apenas un segundo estaba desierto, ha aumentado escandalosamente de tamaño… sigue siendo igual, pero ahora se halla hasta la bandera de gente convocada con cualquiera sabe el fin por vaya usted a saber qué simpático demiurgo…
   … extrañamente vestidos, gentilmente peripuestos, elegantemente trajeados por los más diversos estilos… se puede decir que todas las épocas y reinos están representados… parece un carnaval, un gran baile de disfraces de carácter histórico, pero nada más lejos de la realidad… no representan a nadie… ni afectan ser quienes no son… ni disimulan ser otros… son exactamente ellos… no hay detalle que revele la menor impostura… nada de disfraces… ni de máscaras… es una fiesta de verdad… a la que asiste gente extraordinaria… grandes personajes pertenecientes a todas las épocas… Allí están todos. No falta nadie. La gran verbena histórica universal… nobles y pícaros, prelados y cortesanas, místicos y fundamentalistas, monos con collares de diamantes y enanos con cetro y corona que siguen con ritmos benedictinos las leyes telúricas del compás… todos poseídos por una vitalidad desbordante, una energía ingobernable que les transporta a los confines de sí y les pega, cuando llegan, una patada en el culo para que salten al otro lado… Nunca se ha visto celebración igual… todo se pone a brillar… el mundo se ha vuelto transparente… una fiesta fastuosa a la que asiste el más soberbio personal, plagada de testas coronadas por justa fama e inmarcesible laurel, cuyo único problema común, dejando aparte los que allá cada uno pueda tener en particular, es que están todos muertos…
   El pandemónium que organizaron los israelitas a las faldas del Sinaí es un jardín de infancia comparado con la que aquí se está montando… una orquesta de jazz, en la que son fácilmente identificables Sony Rolling, Albert Ayler y Charles Mingus da rienda suelta a una versión de Moanin con tal blow que ni los dioses del olimpo se resisten a bailarla… todos danzan enloquecidos… las más anacrónicas e incomprensible parejas de baile han tomado poder en la pista y, por lo que se ve, no piensan abandonarla hasta fallecer exhaustos sobre ella… el Bosco y Madame Curie… Catalina II y Offenbach… Kandisky e Isabel de Castilla… Casius Clay y Pétula Clark… Picasso y la Dama de Elche… Ginger Rogers y Gengis Khan… Juan de la Cosa y Victoria Vera… Lutero y Rafaela Carrá… Sostakovich y Juana la Loca… Nietzsche y Lulú de Monparnasse… Menéndez Pelayo y Mae West… Ho Chi Ming y Margaret Tacher… Vivaldi y Beyonce… Juana de Arco y el duque de Wellington… Américo Castro y Salomé… Schopenhauer y Marilyn Monroe… La reina Victoria y Lao Tsé… Murakami Shikibu y Federico II de Prusia… Carmen Amaya y Tocqueville… Sanz Briz y Eva Braun, Helena de Troya y Carlos Gardel… James Joyce y François Hardy… Sor Juan Inés de la Cruz y von Humboldt… Francis Bacon y Cruella de Vil… Wittgenstein y Agustina de Aragón… La mula Francis y San Francisco de Asís… Sara Montiel y el príncipe Yusupov… Amparo Rivelles y Buster Keaton… Leonor de Aquitania y Niels Bohr… Propercio y Laura… Petrarca y Cintia… Melville y Hawthorne… Polifemo y Campanilla… María Callas y Gógol… Greta Garbo y Peter Pan… El marqués de Santillana y Virginia Wolf… Juan de la Cosa y Emily Dickinson… Tú y Yo… Juan Pasodoble y Carmen Charlestón… mil relojes se han juntado en el mismo espacio marcando horas distintas… mil almanaques señalados por fechas diferentes… Cosa que maldito lo que le importa a nuestros amigos, todos ellos en todo lo suyo, superándose a sí mismos, fuera de sus legítimas posibilidades, alcanzando su máxima expresión, aquella en la que el alma libre de restricciones se escapa a donde nadie la pueda encontrar.

Adiós a la realidad. Excúseme de antemano el amable y comprensivo lector si, ofuscado por el ambiente y víctima expresa de los vapores que la olla desprende, de aquí en adelante no dé pie con bola a la hora de enfilar coherentemente la situación, se me descarrile la pluma y mi ya de por sí distraída escritura pierda toda conexión con cualquier tipo de lógica narrativa al uso. Es tal la demencia que provoca la vertiginosa marcha de tantos hechos simultáneos que no es posible acertar a referirlos sin caer en fraudulenta postura por omisión escandalosa de la mayor parte de la verdad. Aunque pueda sonar a excusa, nos hallamos en un sector del mundo donde resulta imposible registrar una secuencia de hechos inteligible, que se ciña al principio de causalidad y se ajuste a la lógica lineal, con los que tranquilizar a la razón. Aquí, por lo que se ve, todos los diamantes pueden ser opacos y todos los carbones translúcidos.

   El retablo de las maravillas. No salen de su asombro. Están que no se encuentran. Perdidos en Él. No expelen una sola palabra de sus boquiabiertos labios… ni dibujan una bajada de párpados… ni perfilan un arqueo de cejas… ni intercambian un solo cruce de miradas entre ellos que les comunique los asombros y les una en el mundo de la alucinación…
   … y en tal estado indescriptible, se les acerca como la cosa más natural del mundo Ava Gardner… en el acmé de la existencia… en la cumbre de su carrera delictiva… imprimiendo con sus caderas la suficiente energía al asunto para que vibren con portento las líneas del aire y todo el local ondee a su paso como una bandera que claudica y se rinde… Les invita gentilmente a una copa que, aunque se deshagan en balbucientes excusas de que se la acaban de tomar y van más que servidos, un ángel invisible, apuntándoles con una pistola en la sien, les prohíbe rechazar… Ella no para de mirarles… en sus ojos azulverdevioletas se refleja el resto del local con todos sus clientes incluidos y alguna que otra estrella del cielo que no ha podido resistir la tentación de contemplarse en la noche de sus pupilas…

   –¿Sorprendidos?
   –Si se pudiera expresar mi estado de ánimo con una sola palabra, no sería ésa.
   –Ah, no, ¿y cuál sería?
   –Anonadado.
   –¿En el sentido de obnubilado?
   –No: literalmente hecho nada.
   –¿Y tú?
   –Exactamente lo mismo, si no un poco más, aunque en realidad no sepa cuanto ni muy bien lo que digo...
   –¿Y os sentís bien?
   –Como nunca en la vida.
   –Como jamás en la muerte.
   –No sabéis cómo me alegro, criaturas… no hay cosa que más me plazca que ver a la gente contenta a mi alrededor… anda, mirad quién está aquí… ha venido el gordito… os presento a Hitchcock… acabamos de hacer los dos una película… una maravillosa historia de amor… elaborada expresamente para aliviar las aburridas tardes que le carcomen los huesos del alma a dios… lástima que no hayamos traído con nosotros una copia con la que obsequiaros para que flipéis en colorines…
   –¿Y no ha estallado una bomba nuclear al coincidir los dos juntos en un plató?…
   –¡Oh, claro que no!, Alfred es el hombre más cortés y delicado con el que haya colaborado en la vida. Siempre tan atento. Él si que sabe tratar con arte a una dama… y no otros de cuyo nombre mejor ni acordarse…
   –Encantado de conocerle…
   –El honor es mío…
   –Si no está, como supongo, harto de ellas, me gustaría hacerle una pregunta…
   –Harto es poco, pero pueden preguntar lo que quieran, faltaría más, después de tantos años he llegado a la conclusión de que las buenas maneras son lo primero, si no lo único que nos queda… aunque es mi obligación advertirle, antes de que lo intente y se decepcione, que las únicas interesantes ya me pasé yo toda la vida haciéndomelas sin hallarles una sola respuesta.
   –¿Cómo se le ocurrió la escena del partido de tenis en Extraños en un tren?
   –Oh, no tuvo mérito alguno, me la copié de mí… la saqué de mi vida… el personaje era yo… meses antes había estado obsesivamente mirando los muslos de una rubia en minifalda dando dulces raquetazos en unas semifinales de Wimbledon, mientras el resto del público depositaba su interés en las idas y venidas de la bola… ¿y qué diferencia hayan ustedes entre los maravillosos muslos de una tenista y una víctima inocente a la que debes depredar?
   –¿También le pinchó un globo a un niño con un cigarro?
   –Y cosas peores que no vienen a cuento confesar… a los niños hay que hacerles rabiar… nada de encapsularlos entre algodones… Cuánto antes sepan que han venido a caer en el más pérfido de los mundos posibles, mayores oportunidades se abrirán ante ellos y mejores sistemas de defensa generarán…
   –¿También contempló su figura en unas gafas caídas sobre la hierba…?
   –Discúlpele, Estoy seguro que mi compañero con ello no ha querido acusarle de asesino… ni mucho menos…
   –En unas gafas caídas vi reflejado el universo… ¿Tanto les gusta Extraños en un tren o es que no han visto otra?
   –No sabe usted cuánto.
   –Las hemos visto todas más veces de las que nuestra memoria pueda contar… Somos admiradores incondicionales de su obra…. Hemos visto las cincuenta y nueve… y, en algunas noches de metafísica nostalgia, hasta hemos echado de menos las que no hizo…
   –Ninguna valía el precio de la entrada. Si pudieran ver la última que hemos rodado esta traviesa señorita y su humilde servidor, se le borrarían del cerebro todas las películas que dirigí en el otro mundo para pasar el rato y ganarme la vida.
   –Muy grande ha de ser.
   –¿Me permite a mí hacerle otra?
   –¿Cómo negarle lo que le acabo de conceder a su condiscípulo sin pecar de injusto y arbitrario, aunque por tal motivo se resienta mi bien ganada reputación?
   –¿Constituye el séptimo arte una alienación para que nos olvidemos del mundo real?
   –Ni yo mismo lo hubiera definido mejor. Las películas no se ven, ni se escuchan, se viven de tal modo que cuando sales de la sala te das cuenta de que la realidad no es más que una triste sábana con la que ocultar el cadáver… sales de ellas y vuelves a un mundo en donde redoblan las grises campanas de lo siniestro convocando a tu funeral…
   –¿Me permite una más… si no le incomoda?
   –A mí, como resulta fácil suponer, a estas alturas de la vida, ya no hay nada que me incomode… ni siquiera las preguntas…
   –¿Qué le parece el cine actual?
   –Que no es cine ni es actual.
   –¿No se salva nadie?
   –Nadie es mucho suponer… sería contar con demasiada gente tal y como están las cosas…
   –¿Y cómo están las cosas?
   –Ni siquiera están mal. No están. Si estuvieran mal, tendrían arreglo. Y, ahora, si no tienen más preguntas y me lo permiten, les ruego encarecidamente que nos disculpen… no es falta de pleitesía… es que esta maravilla con faldas y su gentil interlocutor tenemos cosas urgentes en las que concentrar nuestra atención…
   –Creo hablar por los dos si les confieso que estar con ustedes ha sido la más hermosa alucinación de nuestras vidas.
   –Muchachos, dejad de otorgarnos trato de usted que nos acabamos de tomar juntos las copas y nos conocemos de toda la vida.
   –Adiós, chicos, a seguir soñando conmigo.

Adiós a la realidad II. Recién llegados a este crucial instante, hemos de confesar que nuestra propuesta narrativa, sumida en el marasmo de la perplejidad, lejos de proponerse abanderar la defensa cerril de certezas incontestables, no sobrepasa los arbitrarios límites de la simple especulación ni despeja las ambigüedades que cual enjambre de abejas en torno a ella se arremolinan. Según nuestro más que humilde entender, lo anteriormente expuesto no refleja de forma fidedigna la exactitud de los hechos: puede que fuera así o puede que de otra manera, incluso entra dentro de lo probable que ni siquiera fuera, siendo imposible colegir una versión unívoca de lo allí acontecido si hemos de partir de los dudosos documentos contradictorios que los archivos nos suministran y de los relatos testimoniales carentes de crédito, por alta tasa de embriaguez, que los supuestos presentes en el acto legaron a la posteridad. Pero una vez en alta mar y sin puerto al que dirigirnos, procuraremos mantener la nave a flote, el pabellón en alto, no pensar demasiado en el rumbo y que sea lo que dios quiera.

   La fiesta prosigue en todo lo suyo… en una especie de clímax sin curva de decadencia… entre grandes regocijos y mayestáticas hilaridades… Ahora resuenan los tambores de Sing Sing Sing… Benny Goodman y los suyos haciendo de las otras… en pleno delirio swing… La pista se ha despejado… todos han hecho corro y en el centro de ella danzan un enloquecido claqué Fred Astaire y su nueva pareja de espectáculos, Santa Catalina de Siena…

Adiós a la realidad III. Nadie se extrañe, pues grandes e inauditas cosas ven los que profesan la orden de la andante caballería.

   –Amigos, aunque no nos conozcamos de nada, prestadme atención, lo digo por vuestro propio interés, debéis salir inmediatamente de este lugar si quieres conservar la cordura, aunque no se pueda decir que sea mucha la que os quede… ahora, antes de que sea tarde… hacedme caso: si aspiráis a mantener indemne algo de lo que fuisteis, echad a toda mecha a correr…
   –¿Y tú quién eres?
   –No lo sé.
   –¿Y a qué te dedicas?
   –A escribir por encargo
   –¿Por encargo de quién?
   –Tampoco lo sé.
   –¿Y qué escribes?
   –Una especie de novela malísima en la que dos fracasados escritorzuelos unen sus endebles entelequias y sus magras fortunas sin otra aspiración que entretener la doble angustia de su ocio y olvidarse por un rato de las maquinaciones con las que les acosa mundo.

Adiós a la realidad IV. Ustedes preguntarán, no sin razón, que cómo es posible tal conjunción de dislates, y yo les contestaré, con o sin ella, que a mí qué me preguntan, que bastante tengo con seguir tecleando en el portátil sin equivocarme de letras. Aunque no se lo terminen de creer, les puedo asegurar que esto hace rato que ha dejado de ser cuestión mía. En la aduana del ser, y en contra de mis recomendaciones, alguien ha estampado el sello de Laus Deo Semper sobre el pasaporte que le permite al autor de este engendro saltarse las estrechas fronteras de la ficción.

   Desde la otra esquina de la barra, les llama un impresionante Richelieu, investido de cappa magna que sostienen ángeles negros con clámides de oro cegador. A sus pies, dos enanos desnudos, engalanaos con sendos collares de brillantes cuyo significado simbólico el cardenal sabrá, porque a nosotros ni se nos barrunta ni se nos alcanza la más pajolera idea..

   –Chicos, dejad al aburrido ése y venid aquí si lo que andáis buscando es diversión. Me siento exultante, más joven que nunca, os invito a cuántas copas deseéis... a cuenta, naturalmente, de las arcas del Estado.  
   –Discúlpenos, pero nos tienen dicho nuestras madres que no es aconsejable beber, y menos gratis, con quien no deberíamos…
   –Qué importa con quien si lo importante es beber… parece mentira que seáis españoles… al lado de una botella todo son buenas compañías… beber es siempre justo y necesario… y, por si no sobraran motivos, os daré uno que jamás olvidaréis: constituye nuestro deber tener la sangre caliente y las naves de la conciencia siempre dispuestas para emprender singladuras de gran velamen, preñadas de luminosas perspectivas que glorifiquen en forma de monedas el tesoro del imperio…
   –No sabíamos que usted lo hiciera con tal profusión.
   –Más bien le creíamos abstemio…
   –No se puede uno fiar ya ni de los libros de historia…
   –Antiguamente no me iba, pero no hago otra cosa desde que vine a este aburridísimo lugar, donde todo es fiesta y nada urdir intrigas, tramar conspiraciones y fabricar guerras… ¿Y ustedes a qué se dedican, jovenzuelos?
   –Éste a desfacer entuertos, ayudar a minusválidos y socorrer a damas en apuros y el que le habla a redactar del modo más escrupuloso posible como fracasa en todos y cada uno de sus intentos…
   –Así que escribe…
   –Si se le puede llamar así a eso sin que se le caiga a uno la cara de vergüenza, se puede decir que sí… aunque más bien ensucio con sórdidas palabras la radiante blancura del papel…
   –No se debe escribir. Entraña peligros de muerte. Es preferible la transmisión oral, siempre que ésta no llegue a los oídos que no debe. ¿Es usted consciente, querido amigo, que bastan catorce líneas escritas para hallar quince motivos por los que enviar a alguien a la horca?
   –Oh, eso era antes, quizá en sus tiempos, Cardenal, ahora nadie da la menor importancia a lo que se escriba… es fácil anular cualquier escrito… contrarrestar sus posibles efectos… conque nadie lo lea es más que suficiente… ya se han encargado con sensacionales resultados de convencer al gentío, a través de su ejemplo personal, de que para triunfar en el mundo no hay que perder el tiempo practicando esa inútil y estúpida antigualla de leer libros.
   –En cierto sentido, no les falta razón. A mi tampoco me inspira el menor interés andar leyendo lo que otros piensan, más que nada porque me lo sé al dedillo con verles llegar de frente…
   –¿Cómo es posible enviar con serenidad de conciencia un hombre a la horca?
   –Con jerarquía y dotes de mando.
   –¿Me permite otra pregunta?
   –¿Por qué no? Cuando no se sabe conversar es el mecanismo más socorrido para no deslizarse lentamente por las laderas que conducen al abismo del silencio, que es el único lugar donde dos mentes como tienen que ser pueden de verdad comunicarse.
   –¿Quiénes son los enanos?
   –Uno es la nobleza y el otro la Iglesia.

   El pleonasmo del festival sigue con su fórmula… repleta de sorprendentes variables… ahora se han puesto todos a bailar la conga detrás de John Ford, que parche de estrellas en el ojo y botella en mano, dirige la tropa en medio de una curda de las aquí te espero a que vengas a verme antes de que me caiga al suelo…

   –El estilo es la llave que abre la puerta.
   –¿Qué puerta?
   –La que separa este mundo del otro.
   –¿Y cuál es el otro?
   –Éste
   –Ya me dirás qué gracia tiene, si se puede saber, volver al sitio en el que estás…
   –Que entre que sales y entras todo ha cambiado y vuelves a empezar.

Adiós a la realidad V. Sería del todo aconsejable que, llegados aquí, procurase domeñar al caballo… lo sometiese al rigor de los cánones… lo embridase a la dictadura de las reglas si a lo que aspiro es a darle algún sentido a la cabalgata… me detuviese un instante y tratase de distinguir lo que sucede de lo que no, si es que algo sucede, e intentar explicar, armándome de objetividad que es lo que realmente está pasando en este endemoniado lugar, pero, créanme, me resulta prácticamente imposible… un corro enajenado de duendes baila alrededor de una seta alucinógena en el interior del bosque que agita las ramas de mi mente… imposible es poco, y más al haberme yo asimismo atizado por pura curiosidad un lingotazo de Licor de Gloria… a lo que seguramente obedece tener la res cogitans tiritando y dudar tanto de todo lo que sucede en la res extensa que ponga en duda hasta mi propia identidad.

   Yusupov, disfrazado de Alegoría de la Noche, con traje de lentejuelas de acero y peluca rematada por una corona de estrellas, les conmina amablemente a acercarse desde la otra esquina de la barra… se le nota, desde lejos, la noble circulación de la sangre por sus aristocráticas arterias… esas cosas cantan solemnes arias de Purcell antes de despegar los labios… es algo que no se puede ocultar… aunque te disfraces de mendigo… su escudo es el aire… sobre el que revolotean dos águilas transparentes…

   –Vosotros sin duda sois los chicos de las preguntas…
   –Por lo que llevamos demostrado, está usted en el perfecto derecho de llamarnos así… ¿y nosotros, con quién tenemos el honor?
   –Si averiguáis mi identidad, me temo que no tardaréis en preguntarme por Rasputín.
   –¡Es usted el príncipe Yusupov!
   –El mismo que viste y calza.
   –No, no queremos aburrirle con la abracadabrante muerte de Rasputín, ¿preferiríamos saber cómo logró al fin hacer de su vida una obra de arte?
   –Matando a Rasputín…

   Son unos auténticos cachondos todos estos mendas. Se ve que la gloria eterna imprime a destajo sentido del humor, porque no paran de reírse a nuestra costa. Da la impresión de que en estas fiestas constituye un aliciente la presencia de cualquier pardillo con el que afilarse las garras. Toda la vida dando la cabeza por saber qué coño pasa por su ínclitas cabezas y resulta que sólo piensan en divertirse y, si es a costa del prójimo, mejor que mejor… miel sobre hojuelas…

   –A vosotros os estaba buscando…
   –Usted no puede ser otro que…
   –Efectivamente. Dicen malas lenguas por ahí que me estáis imitando…
   –Toda novelista nacido tras usted, aunque no lo pretenda ni lo haya leído, se ha visto en la necesidad de plagiarle…
   –Con sólo mirar el folio en blanco y mojar la pluma en el tintero, ya se le está imitando, maestro…
   –Eso es verdad, pero lo que ninguno hace es plagiarme el argumento con  tal desfachatez ni copiarme las palabras con tan milimétrica sinvergonzonería y semejante descaro…
   –Con todos mis respetos, Maestro, y la veneración que le profeso: usted fue el primero que se plagió a si mismo y, de paso, a todos nosotros, como hubiera recalcado Ortega. Sólo así se explica que nos descubriera por dentro; yo, el más insignificante de los insectos, lejos de pretender sumarme méritos que no me corresponden, me limito con la mayor humildad a seguir su tradición para no caer en el simulacro.
   –Me da igual lo que aleguéis, de ésta no hay quien os salve, os denunciaré ante los tribunales por plagio…
   –No entendemos cómo…
   –Escribiendo una tercera parte en cuyo prologo explique vuestro caso.
   –Sería todo un honor.

   Con súbita precipitación y pícaro guiño de un ojo se despide de nosotros sin decir adiós ni esta boca es mía, por razones que no han de tardar en no extrañarnos; y a ustedes tampoco, si pudiesen ver como nosotros que en la pista le aguarda... ¡Oh, no!... todo lo demás ha sido una adocenada pantomima… éste es el único milagro… Grace Kelly… con un vestido azul transparente de volantes… zapatos de cristal… collar de aguamarinas… una mirada que nada en el mundo podría apagar… un sugerente mohín en los labios… y flexionando un pícaro índice que reclama de modo perentorio la presencia a su lado de nuestro más insigne novelista.
   Clarines y timbales anuncian la próxima actuación… Una orquesta renacentista dirigida por un auténtico Kapellmeister, un Gran Maestro de los de entonces, que con poderoso bastón de ébano y sonrisa plena de diamantes marca enérgicamente el compás sobre la tarima. De cuando aún no existía la mariconada esa de la batuta, que tan sólo sirve para mariposear dibujos narcisistas en el aire. Ropón ducal, engalanado de estrellas en perpetuo movimiento sobre las órbitas del cielo de armiño. Sobre su cabeza, un yelmo de Mambrino, digna corona para El Caballero del Sol, aunque a todos los efectos dé la sensación de no ser más que un bacín de azófar. Pero a él le da lo mismo… se la suda el universo… orondo, solemne, triunfal… más allá de todos los éxitos y fracasos del mundo. La Marcha Radetzky… en versión pasodoble… Viena y Sevilla nunca fallan… y juntas, hacen que suene como si fuese la primera vez… él sabrá cómo lo hace… como mezcla lo imposible… el público se vuelca entusiasmando… ahí es ná… todos los concurrentes aplauden con tal fervor que casi matan de asfixia al aire…
   Desde la otra esquina de la barra, esto se va pareciendo cada vez más a un partido de rugby en el que ellos son la pelota, Newton les hace una seña de acercamiento… Newton, ni más ni menos, el confidente de Dios. El sobrino predilecto del Espíritu Santo. La sublime elegancia del pensamiento traducido a números. La llama encendida en la cueva del caos que nunca se apaga…

   –¿Qué tal chicos, os lo estáis pasando bien?
   –Bien no es la palabra…
   –No sé que inconveniente le ve a la palabra. Si sirve de puente entre dos mentes, vale… y si no, en aras del pragmatismo que nos constituye como nación, se la deshecha y se busca otra…
   –Tiene usted razón, más que bien, lo estamos pasando de fábula, que, cómo usted debe perfectamente saber, más que unir, confunde y disuelve mentes.
   –¿Me permite una pregunta?
   –Mi mundo se compone de preguntas… aunque la mayor parte de ellas, si no todas, carezcan de respuesta…
   –¿Qué hace un eremita del conocimiento como usted en una fiesta tan disoluta como ésta? Por lo datos que constan en nuestro poder, se le suponía de vida más grave y circunspecta.
   –Últimamente, lo único que despierta mi interés y caldea mi sangre es la posibilidad de divertirme… ya me aburrí bastante de joven…
   –¿Qué sintió el día que descubrió la teoría de la gravedad?
   –El día que descubrí la teoría de la gravedad levité.
   –¿Es verdad lo del árbol y la manzana?
   –Por supuesto. En toda buena historia siempre hay un árbol, una manzana y una serpiente.
   –Todos los siglos posteriores están de acuerdo en que el suyo es el salto de calidad más profundo que ha dado el pensamiento humano.
   –Me quedé en la superficie.
   –No diga eso, Maestro, usted sigue siendo el faro que ilumina nuestro conocimiento.
   –Fracasé en el intento. A duras penas describí el escaparate. No llegué a la trastienda. Los mensajes fundamentales de la naturaleza están encriptados de tal modo que no hay forma humana de poderlos descodificar. Los interrogantes son infinitos y la respuesta satisfactoria ninguna.
   –¿Por qué se mantuvo después tanto tiempo en silencio?
   –El que sabe que no sabe llega un momento en el que ni pregunta ni responde.
   –A Dios le gusta jugar con nosotros.
   –Efectivamente, señores, Dios es un sádico retorcido que disfruta con locura proponiéndonos acertijos que pongan de manifiesto nuestra impotencia. Menos mal que no existe.
   –¿Con qué anda ahora, maestro?
   –Oh, me dedico a la filosofía voluptuosa…
   –¿En qué apartado?
   –Teoría de la felicidad. Busco la fórmula exacta del amor, expresada en términos matemáticos, o lo que es lo mismo: en lenguaje de dios.
   –¿Mediante cálculo diferencial?
   –El cálculo diferencial no da ni para el primer párrafo del prólogo… ni siquiera las hipótesis de Riemann… ni las encantadoras locuras de mi querido colega Grigori Perelman…
   –¡Qué interesante, jamás hubiera sospechado que se pudieran formalizar matemáticamente tales cuestiones!
   –No se pueden, pero, entre que voy y vuelvo, me entretengo…
   –¿Ha dado con la verdad?
   –¡Qué importa la verdad! La verdad es tan solo la superficie de la cuestión.
   –¿Y qué hay en el fondo?
   –Lo que no es ni mentira ni verdad.
   –Esa respuesta bien merece una copa.
   –Prueben lo que llevo en la petaca. Es una fórmula mía… recién salida del alambique de mi laboratorio…
   –¡Ummm, veneno puro, está de muerte!
   –¿Qué lleva?
   –Distintas unidades de lo diverso.
   –Debería patentarla.
   –Eso es cosa de mercaderes.
   –Si algún día anda escaso de pasta y con ganas de no morirse de hambre, permítame que se la patente e industrialice yo.
   –Ahora, que se han conocido: ¿qué piensa de Einstein?
   –No está mal el tío. Aunque se está quedando más antiguo que la mojama y nadie viene a sustituirle con pescado fresco…
   –¡Lo que cambian los tiempos!
   –Eso parece.
   –¿Qué es para usted hoy el universo?
   –Lo que ha sido siempre, en términos matemáticos: el número más grande que se pueda concebir, elevado a la potencia más alta que nos esté concedido imaginar multiplicada por Dios.

   El prestidigitador prosigue. El gentío le impide abandonar el escenario. Él, encantado. Por él, el gran asombrador de palomas duendas, y por ese público tan decisivo al que se debe, se pasaría interpretando lo que fuese los años que hiciesen falta. Ahora toca El Arte de la Fuga, sobre un clave de cristal, de múltiples destellos en el interior de su organismo cada vez que se presiona una tecla, con tal perversidad en la díscola versión y tan encantadora malicia interpretativa que cualquiera diría que se trata de la última obra maestra aparecida en el mundo del free jazz.

Adiós a la realidad VI. De más está decir que esto no tiene ni pies ni cabeza, pero, sin que sirva de excusa ni de pliego escrito con vergonzosa solicitud de clemencia, he de confesarles que hace tiempo que se me han vuelto impotentes los pocos atractores de orden de que dispongo ante la magnitud escandalosa del caos que me ignora… en otras palabras, ya no sé que coño pueda ser aquello que en un alarde de ignorancia llamamos realidad… se me han desbaratado las piezas del juguete en contra de mi voluntad. ¿De tu qué? De mi lo que sea.

   –Hola, querido, que bien que hayas venido…
   –¿Nos conocemos?
   –¡Qué fallo imperdonable de memoria! Debería matarte y seguir con mis cosas. Soy Tamara, calamidad,
   –¿Tamara?
   –Para asesinarte. Nos vimos la otra noche en el Barrio del Carmen y quedamos en echar un polvo que, según mis cálculos, aún sigue pendiente.

Nos extraña que no la reconozca, aparte de ser inconfundible, lleva sobre los párpados, al igual que la otra vez, como sello distintivo, más purpurina que un templo budista en una aldea perdida del Himalaya.

   –La que faltaba… ¿y tú que haces aquí?
   –Yo siempre estoy aquí, cariño. No me pierdo una. Te he buscado en todas partes. Me he pasado varias vidas esperándote. Sabía que tarde o temprano coincidiríamos. Era sólo cuestión de que el misterio sincronizara nuestras almas…
   –¿Pero no hay que estar muerto para entrar aquí?
   –¿Y eso qué importancia puede tener si estoy loca por ti?
   –¿Entonces, estás muerta?
   –¿Quién ha dicho eso? Yo llevo viva desde el día que nací. ¿Y tú?
   –Lamento no poder decir lo mismo. Vengo de este mundo.
   –¿Y de dónde crees que ha venido el resto del personal?
   –Del otro.
   –No hay otro más que éste.
   –¿Qué pretendes de mí?
   –Que me socorras.
   –¿Cómo?
   –¿Tú no eres un caballero? Pues yo soy una dama a punto de morir de pena por tu culpa si persistes en tu grosera actitud de no hacerme caso?
   –¿Y qué quieres que haga para quitarte la pesadumbre?
   –Oh, nada serio, poca cosa, ya lo sabes, echar los polvos que sean precisos para morir en la batalla antes de que acabe la guerra…
   –No te lo tomes como una ofensa, porque nada más lejos de mi ánimo que faltar a una dama de tu alcurnia, pero, lamento decepcionarte, yo soy un triste heterosexual en el armario. Los tíos me dejan indiferente. Y, si quieres que te lo confiese todo y no me deje nada en el tintero, las tías, últimamente, también…
   –Y eso qué importa. Menuda excusa. Propia de eunucos. Lo decisivo es quererse. Cualquier cuerpo vale. Además, déjame que te diga, si es que a las alturas que estamos se puede seguir hablando de tíos y tías, que, aunque sea un tío, nunca en tu vida has estado más cerca de conocer a una mujer tan excitante como yo…
   –Estoy seguro de que sí, aunque discrepe contigo.
   –¿Cómo lo sabes si no lo has probado? ¡Serás presuntuoso y desaborido!
   –No le hagas mucho caso a mi compañero, está enamorado de un imposible que le impide fijarse en una maravilla tan perfecta como tú.
   –Hola, encanto, no te había visto, si quieres, puedo cambiar de planes… a falta de pan, buenas son tortas…
   –¡Qué más quisiera yo, estás como un tren, pero mi sentido del deber me impide distraerme con inefables placeres… tengo que cuidar con mi vida la de éste…
   –¿No me digas que a ti tampoco te funciona la mandarina?
   –No sé a que te refieres con mandarina, pero sea lo que sea me funciona de puta madre…
   –Entonces, ¿a qué esperamos?
   –A que lo entiendas y desistas…
   –¡Qué par de sosos bobalicones estáis hechos! No sabéis lo que os estáis perdiendo.
   –Créeme que nos encantaría saberlo, pero no podemos…
   –Invitadme al menos a una copa que me quite el mal gusto de haberos conocido…
   –Una y las que hagan falta… la barra es tuya, princesa…

Adiós a la realidad VII. Con permiso del respetable y sin ánimo de justificación alguna, nos gustaría dar nuestra opinión, expresar nuestro radical desacuerdo con la deriva que desde hace rato han cogido los acontecimientos, admitir que las cosas no pueden seguir así, somos los primeros en hacernos cargo, los primeros en denunciar semejante desvarío, nos encantaría devolver el rebaño de ovejas negras al redil, pero ¿qué podemos hacer para rectificar las veleidosas inconstancias del destino, los caprichos imprevistos del tiempo, nosotros, vulgares insectos insignificantes, hombres de tan limitado fuste, tan poco tener, tan oscuro origen, tan baja extracción, tan dudosa sangre y tan escaso por no decir nulo poder?

    Y así hasta las tantas, hasta las tantas de las tantas, hasta tantas y tantas que, sí dispusiéramos de un reloj en su sitio y un calendario veraz, estaríamos en condiciones de aseverar que han transcurrido tres días, nueve horas y catorce minutos desde que se aventuraron a entrar hasta que, por fin, no se sabe si por sus propios medios o depositados en la calle por serviciales desconocidos, lograron salir de un local que al despertar y abrir los ojos ya no estaba.

Adiós a la realidad VIII. Y aquí lo dejamos, señores, por falta de fuerzas, confiando en que con lo dicho, a pesar de los incalculables factores en contra, no se configure en la mente sensible del lector una imagen que desdiga y eche por tierra lo que se supone que ha pasado… sino más bien otra que le permita encajar más o menos las piezas de lo que vaya usted a saber si ha sucedido…
–Fuimos víctimas de un endemoniado sortilegio.
   –¿Qué os dieron?
   –No lo sé. No quisieron decírnoslo. Un insondable bebedizo. Pero para mí que llevaba cicuta irlandesa sacada de la olla de un druida pasado de rosca. Si en busca de falaces analogías de consolación, lo comparásemos con lo hasta ahora por mi menda experimentado, un tripi es un inofensivo caramelo para niños de preescolar con aficiones imaginativas; y un caldo de hierbas del demonio una sopa ideal para que la abuela se vaya calentita a la cama a soñar con los angelitos. No sé lo que era, pero te puedo jurar por mis muertos que en mi vida he alucinado tanto…
   –Ves como todo tiene sus compensaciones, y más la virtud, cuando se practica sin intermediación de la conciencia…
   –No te rías, que no está la cosa para guasas…
   –¿Y eso?
   –No puedo más. El nene me tiene agotado.
   –¡No me digas, con lo bien que te lo estás pasando!
   –Estoy harto de él. Le da igual ocho que ochenta. Se entromete sin pedir a nadie permiso donde no osan los gitanos y se jiñan por la pata abajo los psicópatas.
   –Tú te lo inventaste.
   –Eso no me sirve de excusa. Se me ha ido de las manos. Hasta aquí he llegado. Le pueden ir dando mucho por saco a él y a sus aventuras. Me tiene hasta el gorro. Se ha propuesto secar el mar con el sol de su delirio. Conmigo que no cuente para eso. Ni para eso ni para lo otro. No se hizo lo de correr y brincar por los montes para pobres paralíticos aquejados de vejez y lumbago…
   –La culpa la tienes tú por haber empezado… deberías darle otra oportunidad…
    –Me rindo, picha. No puedo más. No vuelvo a compartir una aventura con él. Estuvimos tres días encerrados en ese antro… para volverse loco… y todo por culpa de los caprichos del nene… con lo bien que hubiéramos pasado la tarde repantigados en un sofá y viendo por la tele una película en blanco y negro… o un partido de fútbol… ya se lo dije yo… antes de que se configurara el desastre… una reconfortante tarde de relax sin necesidad alguna de perder el tiempo en tonterías… y mira en la que nos vimos por no hacerme caso… al final llegué a pensar que nosotros también estábamos muertos y no saldríamos jamás de allí.
   –La culpa la tienes tú por arriesgarte.
   –Cuando estás allí, y más después de un lingotazo, se te inhiben los resortes de la prudencia… te crees que puedes hacer lo que te salga de los huevos… que en ese mundo no hay consecuencias… que nunca te va a pasar ná… que gozas de inmunidad física frente a todos los inconvenientes… como si estuvieras en la flor de la vida y un ángel te chivase en los oídos, de un modo en el que no interesa mucho detenerse a pensar, que eres inmortal…
   –¿Y sin embargo…?
   –Ya ves. Todo te puede pasar. Hasta la muerte. El caso es que no vuelvo, aunque me dijeran que mi héroe está agonizando en mitad de la novela. Ya no puedo hacer más. Su locura me desborda. Lo único que está en mi mano es procurarle reposo… al menos durante un par de capítulos…
   –¿Cómo?
   –Voy a mandarlo con el hermano a ver si se tranquiliza una temporada y, en tal que me pierdan de vista, me desentiendo para los restos.
   –¿Lo has podido convencer?
   –No hay nada que se le pueda resistir a una verídica falsa promesa. Le he prometido que su madre no vuelve a llamarle de noche.
   –¿Surtirá efecto?
   –¿El qué?
   –El que se vaya con el hermano.
   –Como decía el gran Valle, nada hay que no se cure con una temporada en la huerta de Murcia y abstinencia del sexto.

Adiós a la realidad IX. Aunque ellos hace rato que no están, en el Arlequín siguen con lo que no tiene fin. En todo lo suyo. Una orquesta zíngara ameniza con frenético entusiasmo una singular batahola gitana. Las señoras andan subidas a las mesas, enseñando con gracia y donaire la curvatura de los muslos, mientras los caballeros aplauden con febril arrebato tan gentil exhibición de generosidades. Ellos siguen. En plena algarabía. Hasta la llegada de un alba en la que todas las máscaras ardan bajo la Dictadura del fuego. Y, mientras tanto, reír, bailar, dislocarse, besar la boca de la existencia. Conscientes de que lo que allí sucede es toda la vida que hay en el mundo. Nada importa el resto. El resto no es más que la sombra de un polvoriento ataúd que sigue girando por inercia entre los astros.

Fernando Blanco. Capítulo de La cuestión Q.








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