Ante
un público enaltecido de más y predispuesto a armar gresca a las primeras de
cambio, el mago no tuvo mejor ocurrencia que extraer una ubérrima nube del
sombrero de copa, extenderla sobre el techo del teatro y ponerla a llover para
aplacar ánimos… El público, expresando vociferaciones inadmisibles para
cualquier código de buena educación, se obstinó en denunciar con toda la razón
del mundo que ese número no estaba recogido en el programa y, sin atenerse a
explicaciones, formuló demanda contra la empresa por daños y perjuicios, no sin
antes reclamar la más que lógica devolución de la entrada.
Trabajar, aparte de una
espantosa maldición, constituye a todos los efectos un modo perverso de no ser
y una forma extraña de sobrevivir. Menos mal que en España, algo bueno teníamos
que tener, nunca estuvo de moda tal excentricidad y no nos afecta el asunto ni
poco ni mucho. ¿Que qué tiene que ver esto con un cuento? Todo, porque nuestra
gentil historia se desarrolla en una de las múltiples oficinas de los
innumerables negociados que articulan la red clientelar del Estado… La cosa fue más o menos como sigue: el
funcionario D se quejó ante el funcionario C de que el funcionario E se negaba
a realizar las órdenes que el funcionario A le había dado al funcionario B por
considerarlas fuera de su rango de competencias y de que cuando el funcionario
D, inspirado por un rapto de responsabilidad, le sugirió al funcionario E que
por qué no le trasladaba la tarea al funcionario F, el funcionario E le respondió
que el funcionario F llevaba un par de años de baja por stress; razón de peso
por la que el funcionario D le propuso al funcionario C que elevara al
funcionario B, para que éste se lo plantease al funcionario A, la urgente
necesidad de contratar un funcionario G como remedio a la escasez evidente de
personal que solventase a corto plazo la cuestión e incluso un funcionario H
por si las moscas y, si me apuras, un funcionario I en previsión de futuras
contingencias y otros males mayores.